lunes, 20 de noviembre de 2017

ESTADO DEL BIENESTAR: FAMILIA, ESTADO Y MERCADO

Como hemos venido señalando en las
Imagen de una escuela anteriores entradas, en “Los Tres  mundos del Estado del Bienestar (1993), Esping-Andersen plantea la ciudadanía social como la idea central del Estado del Bienestar (EB). Además, señala tres elementos para su comprensión:

a)  La desmercantilización: calidad de los derechos sociales.
b)  La estratificación social.

c)  La relación existente entre el Estado, el mercado y la familia.

En esta oportunidad nos detendremos brevemente en el tercer nivel de análisis: la relación entre Estado, mercado y familia.

Antes de la sociedad moderna, la política social se orientaba a un mundo que no estaba completamente mercantilizado. Así en la Edad Media lo que decidía la capacidad de una persona para sobrevivir no era el contrato laboral, sino el señor, la familia o la iglesia. En la sociedad moderna emergen como constructos sociales el estado y el mercado, perviviendo la familia como institución proveedora de protecciones sociales, en unos estados del bienestar más que en otros.

Esping-Endersen señala que el EB no puede ser entendido sólo en términos de los derechos que concede; se debe considerar también cómo las actividades del Estado están entrelazadas en la provisión social con las del papel de la familia y el mercado.

Richard Titmus (1958) define el estado del bienestar residual para referirse a la asunción de responsabilidad del estado, cuando la familia o el mercado fallan. En este sentido, procura limitar sus obligaciones a los grupos sociales más excluidos o necesitados.

Este tipo de EB suele ser típico de estados liberales, para los cuales la inseguridad y en principio la pobreza no sería culpa del sistema, sino consecuencia de una falta de previsión y de ahorro del individuo. Los lisiados, los enfermos y los viejos están obligados a depender de la familia, lo que, a su vez, limita la capacidad de la familia para ofrecer al mercado su trabajo. En buena parte de los casos, bajo el dogma liberal, los sujetos se ven forzados a acudir en busca de solidaridad a todas las instituciones precapitalistas de ayuda social, como son la familia, la iglesia y la comunidad. La obligación pública empieza en donde falla la familia y el mercado.

Mientras, el EB basado en un sistema universalista, está dirigido a toda la población, promueve la igualdad de estatus como una alternativa a la ayuda a los que se comprueba que no tienen medios a la seguridad social corporativista. Todos los ciudadanos están dotados de derechos similares, con independencia de su clase o de su posición en el mercado. Busca construir la solidaridad por encima de las clases. Aunque de facto supone una estructura de clases peculiar. La gran mayoría de la población es considerada como “gente sencilla”, para la cual un modesto, aunque igualitario subsidio, puede ser suficiente. Esto promueve un dualismo involuntario, porque las personas con capacidad adquisitiva se dirigen a los seguros privados y a la negociación de beneficios adicionales a través de las luchas gremiales. Es así como “Los pobres confían en el Estado y el resto en el mercado”, son los casos de Canadá o Gran Bretaña.

Según Esping-Endersen, la alternativa es buscar una síntesis de universalismo y de adecuación fuera del mercado, tal como en ese momento era el caso de Suecia y Noruega.

El Estado incorpora a las nuevas clases medias dentro de un confortante segundo nivel, universalmente inclusivo, con una disposición de seguros relacionados con los ingresos por encima del igualitario impuesto proporcional. Si bien, introduce la desigualdad de prestaciones al garantizar subsidios adaptados a las expectativas, pero, efectivamente, bloquea al mercado.

La política se dirige tanto al mercado como a la familia tradicional. Pero a diferencia modelo corporativista, no espera hasta que se agote la capacidad de ayuda familiar, sino busca socializar prioritariamente los costes de la familia. El ideal es no maximizar la dependencia del individuo respecto a la familia, sino brindar apoyos institucionales para que el individuo gane independencia.

Por ejemplo, el EB suministra las prestaciones directamente a los niños y se responsabiliza directamente del cuidado de éstos, de los mayores y de los más necesitados. Una pesada carga de servicios sociales se compromete a atender las necesidades de la familia y a permitir que las mujeres puedan elegir entre permanecer en casa cuidando de los hijos o vincularse al trabajo.

Este tipo de EB se caracteriza por ser una fusión de bienestar social y trabajo. El Estado está obligado a garantizar el pleno empleo pues sus políticas sociales dependen de este logro. En este sentido, para mantener este Estado debe colocar como principal propósito el derecho al trabajo. Para lo cual se requiere un grado de consenso político para garantizar un apoyo amplio por los elevados impuestos que el estado del bienestar demanda. De esta manera brinda una amplitud de derechos sociales, asociados a prestaciones sociales como la de desempleo –sin mayores obstáculos de entrada y extensos procesos de permanencia, sobre la base de ayudas económicas dignas-.

No debería confundirse con la erradicación total del trabajo como mercancía. Ese concepto se refiere más bien al grado en el que los individuos o las familias pueden mantener un nivel de vida socialmente aceptable. Cuando el trabajo se aproxima a la libre elección más que a la necesidad, la desmercantilización puede llegar a la desproletarización (1993:60).

En contraste con el liberalismo, el propósito es maximizar e institucionalizar los derechos para con ello orientar la política hacia la desproletarización del estatus del trabajador; de tal forma que el trabajo empiece a ser similar al que han disfrutado durante décadas estratos vistos como privilegiados como los funcionarios.

Bajo las categorías propuestas por Esping-Endersen, la crisis económica, acompañada de políticas neoliberales, ha supuesto el debilitamiento del EB en algunos países europeos, con el traspaso de responsabilidad social a las familias; ante la configuración de un mercado en donde la precarización y flexibilidad laboral hacen de los individuos sujetos frágiles, tanto dentro como fuera del mercado.


BIBLIOGRAFÍA

Esping-Andersen, Gösta (1993) Los Tres mundos del Estado de Bienestar, Edicions Alfons el Magnánim, Valencia.

Titmus, R. (1958) Essays on “the welfare state”. London: Allen & Unwin.

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